Queda en tinta escrito
que no es suficiente
el intento de remendar el mundo
con hilos invisibles.
Que ese gesto silencioso
de estar siempre atenta
a sostener lo que otros sueltan
no alcanza y es sentencia.
No alcanza
Como un árbol ofreciendo sombra
Como barcos que ven la costa
y aun así deciden seguir mar adentro.
Y entonces queda escrito
que de todas las razones
y de todas las posibilidades
no te eligen.
Que entre los caminos abiertos
prefieren cerrarte la puerta
y dejarte del otro lado,
con las manos llenas de intentos.
Prefieren dejarte a solucionarlo,
como si tu amor fuera herramienta,
como si tu entrega fuera costumbre,
como si tu cansancio
no tuviera nombre.
Como si tus manos
fueran un puerto,
como si tu paciencia
fuera un puente,
como si tu corazón
fuera un faro condenado
a alumbrar para otros
sin que nadie regrese a él.
Y entonces el papel pesa.
Pesa como pesan las palabras
cuando alguien decide
que tu forma de ver, de ser
no es suficiente.
Pero los papeles
también se rompen.
También se doblan,
se pierden,
se olvidan en cajones.
Y ningún papel
—por más tinta que tenga—
puede escribir de verdad
el valor de un corazón
que nunca aprendió
a amar a medias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario